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ROALD SVEINSSON
He oído decir que los antiguos vikingos hacían la travesía hasta Islandia en seis días. No recuerdo cuándo partimos nosotros desde el embarcadero de Å. Tampoco sé qué día es hoy. La hora que marca mi reloj es falsa. Las cuatro. No estoy seguro si de la mañana o de la tarde. Aunque el sol baña el mar con una tibieza virginal, podría ser de noche, tal como yo entiendo la noche, es decir, oscuridad. Pero hace tiempo que abandoné la oscuridad. Lo único cierto es que estamos en el mes de junio de 2004, un año y dos semanas después, más o menos, del día en que ella atravesó la puerta lateral del auditorio de Estocolmo escoltada por dos hombres rubios y pulcros, que parecían ejercer de altivos pajes, y con la gente puesta en pie y encorvando ligeramente sus cabezas. Yo también empecé a venerarla desde aquel día de primavera.
Ahora duerme, abajo, en el pequeño camarote del barco, y mi más ferviente deseo es que despierte pronto. Desde hace días una extraña dolencia la tiene postrada, indiferente ante cualquier perspectiva de vacío o de plenitud.
En alguna ocasión me he preguntado qué hago a bordo de esta cáscara de nuez perdida en el Ártico. Aunque a primera vista calculo que su eslora podría rondar los diez metros, su apariencia es la de un corcho hueco, insignificante en el infinito océano. Sus velas son cuadradas. Vikingas. A primera vista es una arboladura rudimentaria, pero cobra una belleza celeste conforme se abre camino en la soledad en la que avanza. Tengo la impresión de que es mi aliento lo que impulsa sus velas. O mejor, nuestro aliento, el de los tres, también el de Freyja. Aun dormida, su corazón es el pulso del viento.
Aún me asaltan momentos de incertidumbre, pero cada vez menos. Ahora, por ejemplo, no acierto a distinguir la diferencia entre el horizonte y mi conciencia. Es como si la línea difusa que parte en dos al inmenso océano fuese la misma que raya mis pupilas. En ocasiones he llegado a pensar que no avanzaba porque me había detenido para siempre en el océano, cuando en realidad lo que me ocurre es que ya nada puede detenerme. Es decir, he avanzado tanto que no alcanzo a ver dónde me encuentro.
Y cuanto más me recreo en esa especie de encantamiento, más áspera resuena, desde popa, la voz del anciano capitán.
—Lo que importa es llegar a la isla adonde nunca se llega.
Es como la voz de un resucitado. Yo también creo, a veces, que he resucitado.
Roald Sveinsson habla mirando al viento que le da de cara, aferrando sus manos al timón del desvencijado bacaladero. El brillo de las escamas del mar le da en el rostro y ciega sus ojos. Cuando le observo tengo la impresión de que otra clase de luz le llega de dentro y enciende su frente.
La historia de aquel hombre seguía siendo un enigma para mí, aunque Freyja me había transmitido una confianza ciega en él. Recuerdo las primeras palabras que pronunció sobre su abuelo en el Edda Historiska Centrum de Estocolmo: “Él es la memoria.” Entonces, no la entendí.
Quiso decir que en la cabeza del hombre que tenía frente a mí reinaba la historia de un mundo en la que se compendiaba la energía de todos los mundos. Pensé que si un hombre era la memoria viva del mundo —es lo que ella vino a decir entonces—, su cerebro debía de ser como un libro que nunca se termina de leer.
Ahora, poco más de un año después de oír por primera vez su nombre, todo es distinto. Al observar su regia estampa en la cubierta del Gubbe Ragnar hasta me atrevo a remontar el curso de los últimos once siglos siguiendo las huellas de sus antepasados por los mares que nos disponemos a surcar.
—No debemos confundirnos con otras islas, también de belleza extraordinaria, que nos saldrán al paso —dice Roald.
Sigue hablando al viento empleando un lenguaje que me resulta a veces críptico. Pero me sorprendo a mí mismo cuando acierto a ver algunas luces al final de sus palabras.
—¿A qué islas se refiere? —pregunto.
—Vilmond habla de ellas en sus códices.
Da por sentado que conozco los relatos de Vilmond. Asiento con la cabeza. Oí hablar de ellos, es cierto, pero no los leí. Él se muerde los labios y estira su cuello por la boca del impermeable amarillo que le cubre casi todo el cuerpo, sin dejar de sujetar el timón.
—¿La de los Dorados Surtidores? —inquiero, recordando el relato que un día escuché en boca de Thor Thorgilsson.
Roald desvía su mirada para escudriñarme. El nombre de Thor Thorgilsson aviva en sus ojos un cúmulo de emociones.
—En efecto, la isla de Las Ballenas de Dorados Surtidores; y la isla del Cráter de las Espigas. Desconocidas. La que nosotros buscamos no se ve. Sólo se aparece. Emerge de las aguas y luego desaparece.
—Emerge y desaparece…
—Eso es. Pero no hay que confundirla con la gran ballena que se muerde la cola. ¿Has oído hablar alguna vez de esa ballena?
—La misma que figura en el escudo de armas de Ankhus. Thor Thorgilsson nos habló de ella —respondo—. Y ahora reconozco que, a pesar de estar ciego, Thor parecía estar viéndola…
—El ciego que ve. Eso es. El Hombre de los Pájaros.
Me conmueve observar sus ojos audaces, su cuerpo de gigante erguido como una estatua que se alza en el mar.
—Thor Thorgilsson también nos habló de una isla que se mueve y desaparece —insisto—. Algunas islas se deslizan por los desplazamientos de las placas oceánicas de la litosfera. Tal vez usted se refiera a esa misma.
Roald mueve la cabeza de arriba abajo y se recoge en un silencio hermético. Desde el sitial en popa, entorna los ojos para observar las últimas sombras de la tierra que se hunde por el este. Hacía algún tiempo, no sé cuánto, que habíamos rebasado la corriente del Maelstrom, la misma a la que un día acudieron Edgar Allan Poe y Jules Verne en su intento de descubrir el impenetrable abismo.
A bordo del barco, capitaneado por Roald, nos dirigimos Freyja y yo hacia un final desconocido. Antes del viaje, había escuchado a Freyja decir —en uno de sus escasos momentos de lucidez— que nuestro destino se situaba al norte de Å, lo cual no deja de ser un misterio en sí mismo.
Sabía que Å era el lugar donde vivía Roald con su hijo Bödvar, y en donde había nacido Freyja, su nieta. Pero el simple enunciado del nombre de la aldea, en el extremo occidental de las islas Lofoten, en Noruega, despertaba en mi mente algunas especulaciones sobre el principio y el final de todas las cosas. No creo conveniente reavivarlas en estos momentos iniciales de la travesía.
Nunca Roald había revelado el nombre de la isla a la que no se llega —seguramente no tenía nombre—, ni cuándo logró desembarcar en sus costas en compañía del Hombre de los Pájaros, hace... no sé cuantos años; un tiempo inmemorial. Su localización en los mapas, que intenté en vano, era asimismo un misterio.
—Me gustaría que me hablara de esa isla. Sé que estuvo en ella y que junto a sus playas crecía una vegetación exuberante a pesar de estar sitiada por enormes témpanos de hielo.
—No es el momento.
Él sabía que Freyja y yo habíamos escuchado el sobrecogedor relato de Thor Thorgilsson recordando el instante en que ambos lograron poner pie en sus playas vírgenes y acceder a la gruta donde los búhos níveos custodiaban el Libro de las Páginas Infinitas. Varios lobos blancos les guiaron hasta el lugar. Mientras trotaban, derramaban luces que se prendían en la aurora boreal. Ése era el único testimonio que Freyja y yo conocíamos acerca del final del viaje que habíamos emprendido.
El viejo capitán había planificado la travesía con rigurosa meticulosidad. Momentos antes de partir, Bödvar, su hijo, me confesó que nada más saber que su nieta regresaba a Noruega en mi compañía, tras su accidente en Madrid, Roald se había entregado en cuerpo y alma a la preparación del viaje. El tiempo era bonancible. Los vientos favorecían el vuelo de las aves. El Gubbe Ragnar era como el espíritu del búho níveo en busca de esa isla, en palabras de Roald.
—Pronto aparecerá.
Cada vez que lo decía, yo miraba al cielo, por si descubría su vuelo, y así permanecía horas enteras mientras creía escuchar la respiración de Freyja.
Días antes de zarpar, Roald se sentaba en los carcomidos tablones del embarcadero de Å. Pasaba horas interminables mirando a las estrellas, con tanto embelesamiento que parecía entender las señales de los astros. Aseguraba que las estrellas le habían descrito la carta de navegación, la cual había plasmado en su mente como un sello indeleble, y que todas las noches repasaba la ruta hasta la isla a la que no se podía llegar. Se sentía feliz de poder hacer realidad los deseos de su nieta y de aquel hombre que la acompañaba y que había abandonado por su amor los cuantiosos bienes terrenales que poseía. Es lo que supongo que Bödvar, su hijo, le había informado sobre mí. De Alonso Bulnes sólo sabía que era español y un importante hombre de negocios. Desconozco si Bödvar le descubrió alguna otra faceta de mi vida; mi condición de principal accionista de una poderosa entidad financiera, por ejemplo… Mis conexiones con The Federation… Si era así, imagino que también le diría que nada de eso existe ya, y que mi inmenso y fatuo poder se ha volatilizado. No hubo necesidad de que yo le diera más explicaciones, ni él me las pidió.
También me confesó Bödvar que, semanas antes y durante varios días que a él se le hicieron interminables, su padre salió a mar abierto y se abandonó a las primeras embestidas del Maelstrom para someter a una prueba de resistencia al bacaladero. Situó su vieja embarcación sobre el mismo vórtice de la corriente para que el mar le transmitiera los augurios del viento. Cuando estuvo seguro de los mensajes recibidos, que sólo él era capaz de interpretar, regresó a puerto. La nave resistió.
Ahora acierto a comprender que su único empeño desde que nos vimos fue convencerme de que su bacaladero poseía la consistencia de las más experimentadas naves vikingas.
Su inglés es muy elemental y no siempre logro entenderlo, pero las veces que habló sobre ello creí adivinar que había empleado la palabra insumergible.
—¡Insunkable!
Le gustaba pronunciar esa palabra. Roald estaba convencido de que lo era. Y de que yo también poseía esa condición.
Me explicó que hacía revisar el casco todos los años en un astillero de Svolvaer, que las velas habían sido examinadas palmo a palmo por pescadores de Reine y que el motor auxiliar fue adquirido el pasado año en un astillero de Narvic: “Lo sometí a pruebas cada quince días”, me dijo en su lacónico inglés nada más subir a bordo.
Tiene tanta fe en lo que dice, que le creo a ciegas. Sí, quizá yo también soy insumergible. Creo que es el mensaje que quiere infundirme. Reconozco que, antes de embarcar, pensé en alguna ocasión que el viaje era un suicidio. Un hermoso suicidio compartido con Freyja.
Al primer golpe de vista, me sorprendió la extraña estructura híbrida de la nave, a mitad de camino entre un cutter nórdico y un pesquero de bajura. Lo que más atrajo mi atención fue precisamente esa dualidad equívoca, el ingenioso artilugio que permitía que un modesto bacaladero, con puente de mando y cabina a popa, se transformara en un airoso velero cuando el mástil se plantaba en la sobrequilla, a modo de trinquete, y se colgaba de él una vela cuadrangular sobre una verga colocada de babor a estribor. Por su contorno trapezoidal, me pareció una vela cangreja, de ahí la primera impresión de que era un cutter, más aún cuando del mismo palo largaba una escandalosa. Las relingas que sujetaban las velas se manejaban con escotas montadas sobre ganchos, mientras que la verga se movía mediante brazas.
Con viento del sur y antes de rebasar el paralelo 68, Roald largó primero la cangreja, de vivos colores a rayas, y luego la escandalosa, de un rojo ardiente.
A mí me asignó al principio la tarea de fijar las escotas y las brazas de la verga. Mientras yo sujetaba las relingas, la voz del anciano volvió a tronar desde popa:
—¡El gran Ragnar no lo habría hecho mejor!
Pese a su edad, Roald es un hombre fornido, de tez sonrosada, largos cabellos grises y lacios que reposan sobre angulosos hombros, manos grandes y de una aspereza escamosa similar a la piel de los saurios, y ojos tan diminutos que apenas consisten en dos delgadas rayas grises a la sombra de unas arboladas cejas del color de las espigas de trigo. Salta sobre la carlinga, se mueve por cubierta con la agilidad de un sarrio, y cuando agarra con los garfios de sus dedos —las patas de una iguana— el timón, el barco se aquieta como una manzana gravitando sobre un charco de aceite.
—No debemos preocuparnos —dice Roald en tono mayestático; más que escucharle, lo que hago es observar los destellos de sus palabras—: hace muchos años que las serpientes gigantes del mar fueron vencidas por el dios de las tormentas. Yo intervine en alguno de esos combates y sé que, aunque tuviera que vérmelas de nuevo con cientos de alimañas empeñadas en sembrar la desgracia entre los hombres y destruir sus sueños, mi Gubbe Ragnar resistiría todos los ataques del embravecido mar, aun los más fieros y demoledores. ¡Sí, Ragnar Cara de Búho se sentiría orgulloso de mí!
Es evidente que alude al nombre de la embarcación en la que ahora surcamos el Ártico, pero, al endurecer su semblante y batir airosamente el cuello hacia atrás, he creído advertir en su gesto el propósito de imitar el porte recio de Ragnar, el primer eslabón de la Saga del Búho Níveo.
La primera vez que Freyja Sveinsson pronunció el nombre de su antepasado Ragnar Cara de Búho en el auditorio del Edda Historiska Centrum sacudió mi cuerpo un latigazo de perplejidad, sobre todo después de ver proyectado sobre la pantalla, a la vista del público, el dibujo de su primitiva, aunque imperial, estirpe: su rostro sereno y barbudo recogido bajo un casco de acero que el creador del dibujo había adornado con un refulgente trazo a modo del destello de un cometa. Recupero las palabras y el gesto de Freyja ante cientos de rostros encandilados, entre ellos el mío: “Era tal su arte para navegar que, cuando el viento en contra superaba un ángulo de sesenta y cinco grados, los marineros vikingos aseguraban el cuello de vela cuadrada atándolo en la borda de barlovento con un botalón que utilizaban a la manera de bauprés para que la relinga delantera de la verga diera todo lo más de sí hacia delante, y de esta manera la vela se hinchaba como la de un moderno trinquete.”
—Como Ragnar, yo también sé navegar con el viento en contra —proclama Roald, orgulloso.
Se presiente por el oeste un liviano contraluz, y para mí que el viento está más en calma que nunca, como los ojos cuando se cierran. El anillo rojo del sol se ennegrece de repente. Hacia el norte, la claridad se ha fundido en una línea rosada. El mar se ha hecho más pequeño. Lo único grande es el silencio que lo agiganta todo. La imaginación ondea en las banderas de colores vikingos, en las velas que nos impulsan hacia lo desconocido. La luz regresa, lanzada desde el norte, y se despeña por las arrugas del anciano, al que contemplan más de noventa años —parece imposible que pueda manejarse con tanta soltura, pero es la edad que Freyja me ha dicho que tiene—. Su voz retumba y hace temblar las paredes del cielo y del mar:
—¿Sabías, Alonso, que el búho níveo ha estado sobrevolando las costas orientales de Islandia?
—Sí.
—¿Y que pronto surcará estos mares? —No sé lo que responder. Me observa con la gravedad de un mascarón—. Así está escrito en los libros de Thor Thorgilsson. Sólo tenemos que cuidarnos de los falsos dioses. ¿Tú crees en los dioses?
Otra vez parece que desvaría, pero no... Cuando habla se hinchan las venas de su cuello y de sus manos.
Mientras espera mi respuesta, entorna los ojos para trillar las veladuras del océano. Fija tanto su atención en el horizonte que por un momento creo que está a punto de apresar el vuelo de la rapaz que nos mostrará el camino de la isla ignota que buscamos, quizá perdida en la imaginación de los muertos.
Los muertos tienen más imaginación que los vivos, pienso. Por eso a veces creo que los tres estamos muertos. Sí, tal vez lo estemos. Pero Freyja duerme. Su respiración golpea las velas del Gubbe Ragnar como si bombeara el corazón del mundo.
—Responde a la pregunta, Alonso Bulnes.
—Yo sólo creo en Freyja y en sus sueños.