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Diciembre 2014

Entrevista a Fabián C. Barrio

Fabián C. Barrio

¿Cuándo decidiste ser escritor?

Hasta donde llegan mis recuerdos, siempre he querido ser escritor. Por fortuna, mi madre se encargó de azuzarme hacia las letras desde muy niño. Recuerdo que vivíamos muy justos de dinero, y ella solía regalarme, por mi cumpleaños, cassettes que grababa laboriosamente con poemas a los que ponía música con un viejo tocadiscos. Me recitaba a Bécquer, a Rosalía de Castro, a Jorge Manrique... yo qué sé. Los escuché tantas veces que me sé de memoria una cantidad asombrosa de poemas.
Un día caminábamos por las calles empedradas de Santiago de Compostela y me señaló a un hombre anciano y trémulo. Llovía. "Es Gonzalo Torrente Ballester", me dijo. Y yo corrí a abrazarlo. "Don Gonzalo, yo quiero ser escritor". El hombre me recibió entre sus brazos y me dijo con un denso olor a cazalla: "pues rompe mucho". Muchas veces, al pulsar la tecla de "delete", pienso en Gonzalo Torrente Ballester y sonrío.

¿Qué tipo de novelas son las que más te gusta escribir?

Me gusta desconcertar, chinchar al lector. Retorcerme hasta el paroxismo en alguna imagen truculenta para luego transportarlo a un lugar deslumbrantemente bello. Me gusta añadir un punto de realismo mágico a mis escritos. Me encanta jugar con acciones paralelas, y regodearme en raccontos largos que quizá no vengan a cuento, pero que al final terminan enseñándote algo. Disfruto mucho documentándome sobre lo que voy a escribir, y suelo involucrarme en los ambientes en los que transcurre mi novela. Por ejemplo, para escribir "Malabar", dado que mis personajes caminan muchísimo y yo no había hecho jamás una caminata larga, me fui andando desde Kathmandu hasta el Tibet. También esnifé pegamento de chiquillos de la calle.

¿Cuál ha sido tu último libro?

"Malabar". Cuenta la historia -basada vagamente en hechos reales- de un niño, Suraj, que es comprado a su familia a los pies del Himalaya y trasladado ilegamente a través de la porosa frontera entre India y Nepal para convertirse en esclavo de un circo. Para escribirla viajé en moto hasta la India, asistí a innumerables funciones circenses con cámara oculta, y concluí en Nepal conociendo a niños que habían sido rescatados de circos.

¿Cómo se te ocurrió la idea de escribir tu último libro? ¿qué te inspiró?

Había conocido a Philip años atrás, cuando estaba dando la vuelta al mundo en moto. El hombre era un coronel retirado del ejército británico que decidió dedicar su vida a la infancia cuando su mujer cayó en una larga depresión al saberse estéril y terminó suicidándose. Philip fundó una ONG en memoria de su difunta esposa y empezó a rescatar niños nepalíes de circos indios. Mientras me contaba la historia, mi cabeza empezó a fabricar la columna vertebral de "Malabar". Tuve que esperar un par de años para sumergirme de cabeza en el proyecto.

¿Qué personaje de tus novelas es al que le tiene más cariño? ¿Por qué?

No me lo había preguntado nunca. Quizá sea a Púser, un niño de los setenta protagonista de mi primera novela, "Púser nunca existió". Es una novela de realismo mágico puro y duro. Púser es un personaje complejo, desconcertante y enrevesado. No lo pasa muy bien a lo largo de la novela, me temo.

Algunos creen que la vida de los escritores se reflejan en su obras ¿qué parte de ti se ha quedado en la novela?

Mucha, claro. "Salí a dar una vuelta" es una larga novela en la que cuento mis miserias dando la vuelta al mundo en moto a lo largo de dos años muy intensos. Mi madre, después de leer "Púser nunca existió", no paraba de llamarme Púser, a pesar de que yo insistía que el personaje no tenía nada que ver conmigo. Sin embargo, "Malabar" en este sentido es un ejercicio intelectual muy distinto, se trataba de narrar el caleidoscopio indio a través de los ojos de un niño nepalí.

¿Qué opinas de los soportes digitales para la lectura?

Hace unos meses me bajé una app que prometía libros gratis, subidos por los propios usuarios. Empecé a leer lo que me ofrecía: eran todas historias de secretarias a las que su jefe las esposaba, azotaba y sodomizaba, o de niños llamados Henry Putter o Harry Pewter que querían ser magos, o de muchachitas adolescentes que se veían sorprendidas a la llegada a un nuevo instituto por un alumno pálido y multimillonario que terminaba siendo un vampiro. Una, otra, otra vez las mismas historias escritas con faltas de ortografía y sin un ápice de imaginación.
Les tengo auténtico pavor. Y no solo porque estén aniquilando el ritual de poseer un libro, que es un objeto bello que no debería desaparecer de nuestras vidas, o porque estén triturando vorazmente la industria editorial. Creo que el mundo está derivando a la velocidad de la luz a un universo sin filtros, algo que creo que es sumamente peligroso, porque la calidad se verá ahogada por la cantidad. Acabaremos viendo unicamente vídeos de gatitos y leyendo blogs sobre macramé.

¿Te relacionas con tus lectores a través de las redes sociales?

Constantemente. Y tengo la fortuna de hacer muchísimas presentaciones y charlas. Ya me gustaría poder dedicarles más tiempo.

¿Cuál ha sido el último libro que has leído?

Me gusta mucho releer. Recomendé a un amigo "Las partículas elementales" de Michel Houellebecq y me dio por releerlo hace unos días. Debo decir que me impresionó más la primera vez. A pesar de ello, es una novela muy peculiar. La descubrí porque otro amigo me dijo que tengo, en ocasiones, un tono pesimista, descarnado y escandaloso como el de Houellebecq. Y sí, en ocasiones, tengo un punto algo sádico.

¿Quién es tu escritor favorito?

John Steinbeck. Daría media vida por llegarle a la suela de los zapatos y rozarla tímidamente con la punta de los dedos.

Si pudieras escoger sólo un libro ¿Cuál escogerías?

"Las uvas de la ira". Esa es fácil.

¿Qué nos puedes contar sobre tu próxima novela?

Mi próxima novela explorará la tensa relación de un padre y un hijo, en un momento crítico de sus vidas, con un largo viaje en moto como elemento catalizador de sentimientos, sensaciones y peripecias. Una especie de road movie lacrimógena. Espero tenerlo listo a finales de 2015.

Punto final. ¿Quieres añadir algo a modo de despedida?

Esto es un poco como cuando en una cita a ciegas tu pretendiente te arrincona y te dice "cuéntame algo". O como cuando mi madre me viene a visitar a Madrid y me dice "vamos a ver un espectáculo". O como cuando tu chica te dice que le regales "cualquier cosa" por San Valentín. ¿Se da cuenta usted del compromiso en el que me pone pidiéndome que "añada algo"?

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