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Richard Matheson

| Ciencia ficción (7 opiniones)
Robert Neville, único superviviente de una guerra bacteriológica que ha convertido al resto de la humanidad en vampiros, ve como su vida se reduce a asesinarlos durante el día, y soportar su asedio cada noche.
Y ahora, a leer un rato
En aquellos días nublados, Robert Neville no sabía con certeza cuándo se pondría el sol, y a veces ellos ya ocupaban las calles antes de que él regresara. Durante toda su vida, la hora del crepúsculo estaba relacionada con el aspecto del cielo, y por lo general, prefería no alejarse demasiado.

Paseaba alrededor de la casa, bajo una luz grisácea y débil, con un cigarrillo en la boca y un hilo de humo por encima del hombro. Comprobó que las ventanas no tuvieran alguna madera suelta. Los ataques más violentos dejaban tablones rotos o medio arrancados, y debía remendarlos. Odiaba esta tarea. Hoy afortunadamente, sólo faltaba un tablón. Cuando estuvo en el patio revisó el invernadero y el depósito de agua. A veces los hierros que cubrían el depósito se aflojaban y las cañerías estaban retorcidas o rotas. A veces, en el invernadero, las piedras que arrojaban por encima del muro agujereaban los cristales y había que cambiarlos.

Pero el depósito y el invernadero estaban intactos en esta ocasión. Regresó a la casa. Cuando abrió la puerta de calle apareció en el espejo una imagen de sí mismo absolutamente distorsionada. Hacía un mes que había colgado allí aquel espejo agrietado. Al cabo de pocos días, algunos trozos caían en el porche. Puede caer entero, pensó. No tenía idea de colgar allí otro maldito espejo; no valía la pena. En cambio, había puesto algunas cabezas de ajo. Darían mejor resultado. Cruzó lentamente la sala, sumida en el más absoluto silencio, dobló por el oscuro pasillo de la izquierda, y entró en el dormitorio.

En otro tiempo, la habitación había estado abarrotada de adornos, pero ahora todo era completamente funcional. Como la cama y el escritorio ocupaban muy poco espacio, había convertido una pared en almacén. En el estante se podía encontrar un serrucho, un torno y una piedra de esmeril. Y en la pared, un muestrario completo de herramientas.

Neville cogió el martillo y encontró, en medio del desorden de una caja, unos cuantos clavos. Volvió a salir, y clavó rápidamente el tablón que se había estropeado, arrojando los clavos restantes en la derrumbada puerta próxima. Permaneció allí durante un rato, de pie en el jardín, contemplando la calle larga y silenciosa. Era un hombre alto, tenía treinta y seis años y su ascendencia era inglesa y alemana. En su rostro, nada llamaba especialmente la atención, excepto la boca, ancha y firme, y los brillantes ojos azules, que observaban ahora las ruinas de las casas vecinas. Las había quemado para evitar que se acercaran por los tejados.

Pasados algunos minutos, respiró hondo y volvió a entrar. Arrojó el martillo sobre el sofá de la entrada, encendió otro cigarrillo y tomó la copa de la media mañana. Poco después entró en la cocina de mala gana. Debía deshacerse de la basura acumulada en el vertedero. Debía también quemar los platos y vasos de papel, y quitar el polvo a los muebles, y lavar el fregadero y la bañera, y cambiar las sábanas y la funda de la almohada. Pero vivía solo, y esas cosas podían esperar.

A mediodía, Neville estaba en el invernadero recogiendo cabezas de ajo. Al principio su estómago no podía soportar el olor de ajo. Ahora lo tenía impregnado en las ropas, y a veces pensaba que hasta en la piel, y casi no lo notaba.

Cuando le pareció que tenía suficientes volvió a casa y los colocó en el vertedero. Accionó el interruptor de la pared. La luz vaciló unos instantes antes de brillar normalmente. Neville dejó escapar un chasquido de disgusto entre las mandíbulas apretadas. Otra vez el generador. Tendría que repasar el maldito manual y comprobar los
cables. Y si la reparación era demasiado complicada, debería comprar un nuevo generador.

Se sentó, malhumorado, en un taburete junto al vertedero y sacó un cuchillo. Primero, fue separando los pequeños dientes rosados entre sí, luego los cortó por la mitad. El acre y penetrante olor inundó la cocina. Puso en funcionamiento el acondicionador de aire y la atmósfera quedó bastante limpia.

Luego, con un punzón, practicó un agujero en cada mitad de diente y las atravesó con un alambre hasta formar unos veinticinco collares.

En un principio colgaba estos collares en los cristales, pero la pedrea le había obligado a tapar todos los cristales con madera terciada. Finalmente había sustituido estas maderas por tablones, con lo que la casa se había convertido en un lúgubre sepulcro; pero había puesto fin a aquella lluvia de piedras y vidrios rotos que entraba todas las noches en las habitaciones. Y una vez instalados los tres acondicionadores de aire, se pudo respirar mejor. Un hombre puede acostumbrarse a todo.

Cuando tuvo terminados los collares, salió y los clavó en los tablones de las ventanas, y retiró luego los viejos porque ya habían perdido casi todo el olor.

Realizaba este trabajo dos veces por semana. No había otra forma de defenderse mejor que ésta, por el momento. ¿Defenderse?, pensaba a menudo. ¿Para qué? Durante la tarde pasó el rato haciendo estacas.

Con la ayuda del torno reducía los tarugos de madera a estacas de veinte centímetros. Luego les afilaba la punta en la piedra de esmeril.

Era un trabajo agobiante y monótono, y el aserrín flotaba en el aire con su tibio olor y le penetraba los poros y los pulmones, y le provocaba la tos.

Pero las estacas nunca alcanzaban, independientemente de las que hiciese. Y los tarugos escaseaban cada vez más. Pronto tendría que usar tablas. Pensó, irritado, que eso sería el colmo.

Todo era demasiado deprimente y debía pensar en cambiarlo. ¿Pero cómo, si no podía dedicar ni un minuto a pensar?

Mientras torneaba, el altavoz del dormitorio dejaba llegar el sonido de la Tercera, la Séptima y la Novena de Beethoven. Con la música llenaba el terrible vacío del tiempo. A partir de las cuatro de la tarde empezó a contemplar el reloj de pared. Trabajaba en silencio, con los labios apretando el cigarrillo, los ojos clavados en el taladro que mordía la madera sembrando el suelo de un polvo blanquecino.

Las cuatro y cuarto. Las cuatro y media. Las cinco menos cuarto. Sólo faltaba una hora y los asquerosos bastardos rodearían la casa. Tan pronto como se pusiera el sol, aparecerían.

Se detuvo ante la enorme nevera para elegir su cena. Los ojos indecisos se pasearon por las carnes, los vegetales congelados, los panes y los pasteles, las frutas y cremas. Sacó al fin dos costillas de cordero, unos guisantes y una botella de zumo de naranja. Luego, empujó la puerta con el codo para cerrarla y se acercó a las latas de conserva que se apilaban hasta el techo. Tomó una de jugo de tomate y salió de la habitación. En otro tiempo Kathy dormía allí. Ahora era el refugio de su estómago.

Cruzó la sala. El mural que tapizaba la pared del fondo mostraba un acantilado, con un hermoso océano verde y azul. Las olas se rompían contra unas rocas negras. Muy arriba, en el cielo azul, las gaviotas estaban suspendidas en el aire, y a la derecha un árbol torcido colgaba sobre el abismo y las ramas oscuras quedaban recortadas contra el cielo. Neville entró en la cocina y dejó caer los alimentos sobre la mesa, con los ojos fijos en el reloj. Las seis menos veinte. Faltaba poco.

Puso un poco de agua en una olla y esperó a que hirviera. Luego quitó el hielo a la carne y la colocó en la parrilla. Cuando el agua estuvo a punto, metió los guisantes en la olla. El mal funcionamiento del generador, sin duda, era debido a la cocina eléctrica. En la mesa cortó dos rebanadas de pan y se sirvió un vaso de jugo de tomate. Se quedó mirando el segundero que giraba lentamente en la esfera del reloj. Después de beber el jugo de tomate fue hasta la puerta y salió al porche. Dio unos pasos más, atravesó el césped y llegó a la acera.

El cielo se estaba ennegreciendo y soplaba un frío viento. Miró a lo largo de la calle. Llegarían de un momento a otro.

Oh, en realidad, no eran peores que aquellas malditas tormentas de arena. Se encogió de hombros, atravesó el jardín y volvió a entrar en la casa. Cerró la puerta con llave y colocó la tranca en su lugar correspondiente. Regresó a la cocina, dio la vuelta a las costillas de cordero y apagó la placa en donde hervían los guisantes. Estaba sirviéndose la cena cuando se detuvo para mirar el reloj. Hoy habían llegado a las seis y veinticinco. Ben Cortman gritaba:

—¡Sal, Neville!
Neville se sentó y empezó a comer, suspirando.

Después de cenar, en la sala, trató de leer. Se había preparado un whisky con soda y lo tenía en la mano mientras hojeaba un texto de fisiología. Del altavoz instalado en la puerta del vestíbulo le llegaba a gran volumen una obra de Shoenberg.

No suena bastante alto, pensó. Los oía aún afuera. Oía sus murmullos y sus pasos, sus gritos, sus gruñidos y sus peleas. De vez en cuando una piedra o un ladrillo golpeaban la casa. A veces ladraba un perro. Y todos se reunían allí para lo mismo.

Cerró los ojos por un instante. Luego encendió un cigarrillo con resignación y dejó que el humo le llenara los pulmones.

Si tuviese tiempo aislaría la casa y evitaría los ruidos. Todo sería mejor si no tuviera que escucharlos. Aún después de seis meses le destrozaban los nervios. Ya ni siquiera los miraba. Al principio había abierto una mirilla en la puerta para espiarlos. Pero un día las mujeres se dieron cuenta y le incitaban a salir de la casa con ademanes obscenos.

Dejó el libro y clavó los ojos en la alfombra, escuchando la música de Verklärte Nacht. Podía ponerse tapones en los oídos y no oiría los ruidos de la calle; pero entonces tampoco oiría la música, y no quería quedarse encerrado en un caparazón. Volvió a cerrar los ojos. La presencia de las mujeres complicaba las cosas, pensó; las mujeres, como muñecas lascivas en la noche. Esperaban provocarle y que se decidiera a salir.

Se estremeció. Todas las noches sucedía lo mismo: empezaba a leer y a escuchar música. Luego pensaba en aislar la casa, y finalmente pensaba en las mujeres. De nuevo aquel calor insoportable en las entrañas. Conocía muy bien aquella sensación y le enfurecía no poder dominarla. El calor era cada vez más fuerte, hasta que tenía que incorporarse y pasearse por la sala con los puños apretados. Entonces encendía el proyector y veía una película, o comía mucho, o bebía mucho, o aumentaba el volumen de la música hasta lastimarse los oídos.

Sintió que el estómago se le retorcía como un alambre. Recogió el libro e intentó leer, concentrándose en cada palabra.

Pero un segundo después el libro estaba otra vez sobre sus rodillas. Miró hacia la biblioteca. Aquella sabiduría no calmaría nunca su fuego; siglos y siglos de palabras no podían satisfacer aquel deseo imperativo e irracional.

Se sintió enfermo, humillado. Se le habían terminado todas las posibilidades. Lo habían obligado al celibato, y debía asumirlo.

Extendió la mano, aumentó el volumen de la música y trató de leer una página entera sin detenerse. Leyó algo sobre corpúsculos sanguíneos que atraviesan membranas, y pálidas linfas y nódulos linfáticos, y linfocitos y fagocitos...
...para terminar en el hombro izquierdo, cerca del tórax, en una de las venas largas del sistema circulatorio...
Cerró el libro de un golpe.

¿Por qué no le dejaban tranquilo? ¿Creían que sería de todos? ¿Eran tan estúpidos? ¿Por qué venían todas las noches? Después de cinco meses podían haber desistido y probar suerte en otro lugar.

Fue hasta el bar y se sirvió otra copa. Mientras volvía a su sitio oyó que unas piedras rodaban por el tejado y caían entre los arbustos del fondo de la casa. Además del ruido de las piedras, se oían los acostumbrados gritos de Ben Cortman:

—¡Sal, Neville!

Algún día agarraré a ese bastardo, pensó mientras bebía de un sorbo el amargo líquido. Algún día lo encontraré y le clavaré una estaca, justo en el centro de su maldito pecho.

Mañana. Mañana aislaría la casa. No quería pensar más en las mujeres. Si la aislaba quizá dejaría de pensar en ellas.

La música cesó y Neville sacó los discos del plato y los guardó en sus fundas. Ahora los sonidos de la calle le llegaban claramente. Cogió un disco cualquiera, lo puso en el tocadiscos y elevó el volumen.

El año de la plaga, de Roger Leie, le llenó los oídos. Los violines chirriaban y gemían; los tambores sonaron como los latidos de un corazón agonizante; las flautas tocaron una extraña melodía átona.

Sacó, furioso, el disco, y lo rompió en su rodilla derecha. Hacía tiempo que deseaba hacerlo. Caminó luego rígidamente hasta la cocina y echó los pedazos al cubo de basura. Allí permaneció un rato, en la oscuridad, con los ojos cerrados y apretando los dientes, tapándose los oídos con los puños. Dejadme sólo, dejadme solo, ¡dejadme solo!

Era inútil. No podía vencerlos de noche. Era inútil intentarlo; la noche les pertenecía. Estaba comportándose como un estúpido. Haría mejor mirando una película, pero no, no tenía ganas de instalar el proyector. Se iría en seguida a la cama con tapones en los oídos. Al fin y al cabo, así terminaban todas sus noches.

Rápidamente, tratando de no pensar en nada, entró en el dormitorio y se desnudó. Se puso los pantalones del pijama y fue al cuarto de baño. Nunca usaba chaqueta para dormir. Se había acostumbrado en Panamá, durante la guerra.

Se miró en el espejo mientras se lavaba. Contempló el pecho ancho y velludo y el tatuaje que le habían hecho en Panamá, una noche. durante una borrachera. Qué estúpido era en esa época, pensó. Bueno, quizá aquella cruz adornada le había dado suerte.

Se cepilló los dientes cuidadosamente. Ahora era su propio dentista. Muchas cosas podían irse al diablo, pero su salud era muy importante. ¿Por qué no dejo también el alcohol?, pensó, ¿Por qué no acabo con aquel infierno?

Antes de irse a la cama recorrió la casa, apagando luces. Contempló el mural durante unos minutos y trató de pensar que era realmente el océano. ¿Pero cómo podría concentrarse con todos aquellos chillidos y gritos nocturnos?

Apagó la luz de la sala y entró en el dormitorio.

Una mueca de disgusto se dibujó en su cara. El aserrín cubría las sábanas. Lo sacudió con la mano pensando que debía separar el almacén del dormitorio. Sería mejor hacer esto, sería mejor hacer aquello, pensó cansadamente. Había tanto que hacer. Nunca resolvería el verdadero problema.

Se puso los tapones en los oídos y se hundió en el silencio. Apagó la luz y se deslizó entre las sábanas. Eran poco más de las diez. Qué más da, pensó, me levantaré más temprano.

Tendido en la cama, aspiró profundamente en la oscuridad, esperando que le viniera el sueño. Pero el silencio no era una gran ayuda. Aún los tenía grabados; hombres de caras blancas que se arrastraban por la calle, buscando incesantemente cómo llegar a él. Algunos, quizá en cuclillas, acechando como perros, chirriaban los dientes y se
balanceaban hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás.

Y las mujeres... ¿Pero iba a pensar otra vez en ellas? Se acostó boca abajo profiriendo una maldición y apretó la cabeza contra la almohada. Así se quedó durante un rato, respirando pesadamente, retorciéndose.

Todas las noches pronunciaba mentalmente el mismo deseo: ¡Que llegue la mañana. Dios, haz que llegue la mañana!

Soñó con Virginia y gritó durante el sueño y los dedos se le clavaron en la colcha como garras.

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